6.2. La Nueva Objetividad alemana. George Grosz y Otto Dix.

Los expresionistas alemanes tuvieron un papel muy limitado en la pintura tras la Primera Guerra Mundial.

La nueva pintura se basaba en nuevas premisas artísticas, sociales y psicológicas.

El nuevo concepto de realismo surgió motivado por la repercusión que tuvo en los pintores la realidad social y política del momento.

Los pintores más representativos de esta Nueva Objetividad fueron George Grosz y Otto Dix.

George Grosz.

Había conocido el arte moderno como estudiante y en París.

Consumado dibujante expresa “su profundo disgusto de la vida” combinando elementos cubistas y futuristas.

Su obra resulta extraordinariamente directa y crítica respecto a la situación que vive el pintor.

Es un artista comprometido a través de una lacerante crítica contra las instancias del poder.

Militares, banqueros, burgueses capitalistas y clero son criticados despiadadamente con sarcasmo en un a pintura que refleja la gran crisis social y económica de Alemania después de la Primera Guerra Mundial.

Pese a su condición de denuncia de la realidad social, su obra es de una extraordinaria modernidad plástica pue acentúa los elementos expresivos hasta llegar la caricatura logrando un expresividad ágil y dinámica que se aparta de los modos convencionales de la vanguardia sin renunciar a la renovación.

Las escenas de calle de Grosz expresan la angustia y la violencia, ya que durante la Primera Guerra Mundial la ciudad se transforma en el lugar de lucha de clase y las revoluciones.

Grosz ataca fuertemente a la clase dirigente mostrando sus tretas más repugnantes, mientras las calles de Berlín se pueblan de burgueses que defienden la patria y predican el orden representándolos con cabezas calvas y calaveras.

Su obra Metrópolis (1916-1917, Museo Thyssen Bornemisza, Madrid) reproduce el escenario ensangrentado del Berlín durante la guerra.

El lenguaje futurista ya no exalta la vitalidad y el progreso de la nueva ciudad, sino que describe el horror, la violencia y la irracionalidad que acompañan las convulsiones del desastre.

Grosz utiliza un estilo expresionista en el que el rojo es el color dominante y presenta la escena con una perspectiva muy forzada y una superposición de las figuras que no es sino la representación de la aceleración de la vida urbana.

Grosz tradujo plásticamente y con un ácido sarcasmo la descomposición interna de la sociedad alemana, creando una suerte de comedia humana representada sin piedad.

Hacia mediados de la década de 1920 la paulatina evolución de Grosz hacia formas más realistas le acercó a la Nueva Objetividad.

El movimiento apareció a partir de una exposición programática que organizó Gustav Hartlaub (director de la Kunsthalle de Mannheim) que definiría toda una época.

La muestra reunió un grupo heterogéneo de artistas alemanes con el interés común de romper con el expresionismo a través de una figuración objetiva.

Se inscribía dentro de la tendencia generalizada en Europa de vuelta al orden, pero, a diferencia de otros países, en Alemania tuvo un fuerte espíritu de denuncia social.

Escena callejera (1925, Museo Thyssen Bornemisza, Madrid) es un buen ejemplo de la nueva pintura objetiva de Grosz y de su permanente rebelión contra el orden social injusto y contra la hipocresía y la vulgaridad de la clase media urbana.

Representa la céntrica Kurfürstendamm de Berlín, en la que el glamour de las clases acomodadas contrasta con la pobreza de los homeless, los inmigrantes y los numerosos lisiados que había dejado la guerra.

La representación se acerca a Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin y a las obras teatrales de Bertolt Brecht.

Con la llegada de los nazis emigró a EEUU donde pintó naturalezas muertas y paisajes, sin dejar de lado las visiones de pesadilla de un futuro apocalíptico, que quizá fueran demasiado literales o fantásticas para el público norteamericano.

Otto Dix realizó en los años veinte una critica social tan inquisitiva e impresionante como la de Grosz.

La guerra fue para él un horror moral y emocional, su cólera y su repulsión se manifiestan en imágenes atroces del dolor y la crueldad.

Sus cincuenta aguafuertes titulados La guerra (1924) así como su tríptico de gran formato La guerra (1929-1932) son declaraciones antimilitaristas poderosas y desagradables.

La representación distorsiona la imagen de lo real para acentuar los contenidos críticos de la pintura.

Todas sus obras revelan una inquietud y un desasosiego de profundo carácter psicológico que se proyecta hasta en los retratos de conocidos, como el de la periodista Retrato de Sylvia von Harden (1926, Centre Georges Pompidou, París).

Dix condena los valores sociales y espirituales de una época mediante un despiadado análisis de una persona particular.

La obra de Otto Dix denuncia, con una profunda plasticidad, el estado de una sociedad en crisis, la angustia ante una situación de inseguridad y de duda y cuestionamiento frente a todo lo existente que refleja el estado de ánimo del propio pintor.

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